“Todo es sexo menos el sexo”

Del asunto Weinstein se dicen muchas tonterías. Una de ellas, quizá la más gorda, es inferir que por prestarse a sus guarradas algunas actrices han recibido una carrera a cambio. Una carrera exitosa. Que se lo follaron, se callaron y triunfaron. Por este orden. Se asume así que la industria de Hollywood está dispuesta a poner una película en manos de una actriz sólo porque tal actriz ha sido elegida (y el eufemismo del día es… ¡elegida!) por el cerdo Harvey. Pensar que una mujer pueda ser premiada por pasar por el aro es bastante sucio, pero sobre todo es mentira. Hasta que no se demuestre lo contrario (y no se va a demostrar) lo que tenemos sobre la mesa son casos de lo contrario: actrices castigadas por largarse de la suite de Weinstein sin su permiso. ¿Tenías una carrera? Pues ya no. A la chica del gangster (segundo eufemismo del día) se le da un papelito en una comedia, no la protagonista en una superproducción.

La caza de brujas inversa, la de las mujeres que o no dicen nada o dicen que no, es absolutamente grosera. Según esa teoría, si no eres víctima eres cómplice. Combustible del sistema. ¿Puede darse un intercambio de sexo por oportunidad laboral? Por supuesto. ¿Puede ser una mujer poderosa la que pida sexo a cambio de dinero? Desde luego. Pero dado que la posición de poder en estas transacciones está mayoritariamente ocupada por un hombre, hablar de equilibrio y de oferta y demanda es como mínimo arriesgado. Lo de Weinstein es sexo en un 10% y poder en un 90%. Como decían en ‘House of Cards’, Todo es sexo menos el sexo: el sexo es poder. No andaban desencaminados